miércoles, 6 de septiembre de 2017

¿Cuánto dura el verano en Suecia?



Tal cuestión me planteaba esta mañana mientras desayunaba viendo la lluvia a través de la ventana. A estas horas, ya puedo afirmar oficialmente que lleva más de diez horas seguidas chaparreando sin descanso. Nubes, niebla, gris en el cielo opaco. Curioso imaginar cómo el sol sigue brillando en algún lugar detrás de esa recia cortina de agua.

Siempre hay quien, al explicarle que te mudas a Suecia por voluntad propia, insiste en repetir: "¡Pero si allí no hay verano, con el frío que hace!". Era y soy consciente, la zona escandinava no es precisamente el Caribe europeo. Aun así, creo que hace falta vivir aquí un buen periodo de tiempo para comprender los matices del clima. 





Lo del frío no me importaba. Después de veintitantos años disfrutando y sufriendo el clima mediterráneo, tenía ganas de perder de vista por una temporada el calor extremo de sus bochornosos veranos. Salir a la calle y que el sol te aturda con su potencia, o directamente no poder estar al aire libre a determinadas horas del día no es lo más envidiable, de modo que los primeros meses nórdicos se desarrollaron sin menor preocupación. Cierto es, además, que el agosto pasado fue relativamente cálido llegando a rozar los veinte grados algún día que otro, haciendo mi primera impresión del verano sueca bastante benévola. 

Las semanas se suceden sin prisa pero sin pausa y llegan de la mano el precoz otoño seguido del blanco invierno. Todo bien, cumpliendo expectativas. Luego esperas con alegría la primavera, que llega a su manera, un tanto peculiar. Ya en marzo empieza a amanecer pronto, ganas minutos de luz cada día y lo notas, te activan. Llega un punto, diría que entre abril y mayo, en que se hace de día a las cuatro de la mañana con una claridad brutal. El cielo te regala todas esas horas de luz que te había negado durante el invierno, lo agradeces. Eso sí, la temperatura no acaba de subir. Flores por doquier, mil tonalidades, todo apunta al renacimiento del ciclo anual... pero calor, lo que se dice calor, no hace.

Sin darte cuenta y de forma sutil llega el verano. Te das cuenta porque se acaba el cole, la gente sale a la calle bien contenta, los parques y lagos se llenan de gente. Sí. Pero calor, lo que se dice calor, todavía no hace. Hay por supuesto días muy agradables, sales sin abrigo, durante las horas centrales del día estás en manga corta un poquito. Ya sabes, sin abusar, apreciando los detalles. Este es el verano sueco. Un verano que casi no he visto llegar, aunque sí marcharse. Como si de un guiño se tratara, el clima nos ofreció el fin de semana pasado un panorama soleado y festivo. "¡Despídete!", susurraban los árboles. Los primeros días de septiembre te dan lo que no has tenido en casi todo el verano y cierran con una semana de diluvio. Diluviando desdel lunes y sin probabilidad de amainar. Todo periodo de sol generoso y temperatura suave viene seguido de otro equivalente de lluvias torrenciales. Y ahora toca convivir con el fresco permanente hasta el año próximo.

Como si de una metáfora de la vida misma se tratara. Esculpiendo el carácter de la cultura sueca estación tras estación. 

domingo, 3 de septiembre de 2017

Las pasiones ocultas de los suecos


Alguna vez que otra os he hablado de costumbres que resultan especialmente populares entre mis conciudadanos suecos, así como de ciertas tendencias y tradiciones bastante comunes en el país. Sabéis, por ejemplo, que disfrutan decorando y redecorando sus hogares por temporadas, de aquí que uno de los más grandes y exitosos imperios en lo que a venta de muebles y accesorios para la casa se refiere sea de procedencia sueca. Vas a comprar cuatro cosas para convertir el salón de tu nuevo piso en un espacio más acogedor y encuentras campañas de todo tipo en las tiendas: "dale a tu casa un toque veraniego", "renueva los textiles de tu salón con una tonalidad rompedora", "viste tu casa al estilo escandinavo". Así que nada, todo el mundo de cabeza a comprar lámparas, velas y demás artilugios para cambiar el aspecto de tu hogar de arriba abajo, no sea que no estén al día de las últimas tendencias.

Otra cosa que parece encantarles es hacer fila. Sí, esperar haciendo cola para cualquier cosa en cualquier lugar. Si venís de vacaciones y os topáis con una de estas, sea en medio de la calle o en un comercio, os recomiendo preguntar a quien sea por qué espera. No sería la primera vez que un sueco se pone en la fila sin tener claro el motivo. Se trata de un fenómeno interesante, como una suerte de lógica implícita a la cual se responde situándose tranquila y sigilosamente en el último lugar de la hilera dispuesta a esperar pacientemente que llegue el turno. El momento. La resolución. ¿De qué?, eso ya se verá. Mira, dirás lo que quieras de la cultura latina, el sudeste asiático y similares, pero aquí se vive con una calma impresionante. Más allá de famas y etiquetas, palabra. Estrés cero. Si algo debe venir, llegará. En lugar de darle vueltas y preguntar, sale más a cuenta entrenar la paciencia y dedicar ese valioso tiempo a otra cosa, mariposa. 




Fila de compradores expectantes en la puerta de una conocida tienda de ropa sueca, por lo visto ya disfrutaban de hacer fila en 1947.

Hasta aquí todo cuadra, más o menos te encaja en los esquemas, vale. Pero fue esta pasada primavera cuando se me reveló la pasión sueca que bauticé como oculta. No me la veía venir. Reconozco que Suecia en un país que profesa un gran aprecio hacia lo musical, véanse bandas como ABBA o la cantidad de música que se produce aquí anualmente. Correcto. Pero fue mítico el experimentar la devoción sueca por Eurovisión y  el tinglado que se monta a su alrededor -por lo visto año tras año-. Reconozco que este concurso siempre me ha dado un poco de repelús, nada serio, pero es verdad. Bueno, pues aquí se presenta como el evento del mes de mayo. A parte del concurso previo nacional que convocan para elegir a quién va a representar a la nación delante de todo el continente (sí, soy consciente, esto es común en más países), la gente se pasa semanas hablando y discutiendo sobre el asunto. Se vuelve el tema de conversación imperdonable de la comida en la oficina, con colegas, vecinos, por todas partes...nadie se salva. La mayoría de mis conocidos se lo toman muy en serio "¡Oye, que nos la jugamos en Europa!". No nos andamos con chiquitas. Como artista, puedes pasar de orgullo nacional a decepción severa en una tarde. 

Así que, ya sabes, prepara tus palomitas y sé puntual en el sofá de casa para no perderte ni un minuto. Y para ir practicando el animar a tu grupo favorito, qué mejor que irte los viernes a uno de los populares karaokes nocturnos de la ciudad. ¡Micrófono, luces, acción! No imaginaba que una cultura que prescinde tanto de hablar disfrutara tanto cantando. Mejor todavía.