miércoles, 7 de febrero de 2018

A la captura de las auroras boreales. Parte III

Una vez de vuelta en el pueblo y con los pies algo congelados nos dirigimos a la recepción del hostal en busca de la llave de nuestros humildes aposentos. "En la habitación no hay cerrojo -nos respondió sonriente el muchacho- ¡esto es Abisko!" Su razonamiento no me convenció demasiado pero, por lo visto, no había mucho que hacer al respecto, de modo que allí dejamos las mochilas y descansamos un rato.

Cena rápida en la cocina común y en seguida llegó el momento de la excursión más esperada. El tour comenzaba en el otro "extremo" de la aldea y saldríamos en grupo hacia el pie del lago para fotografiar y disfrutar las auroras desde un punto clave. Con la previsión que me caracteriza, había reservado un mono y unas botas especiales para dichas condiciones atmosféricas. Llevábamos capas incontables y lucíamos un aspecto bien peculiar. 

Minutos antes de salir rumbo a nuestro campo base, el guía nos dio las instrucciones oportunas y nos informó sobre las probabilidades de visibilidad de la velada. "Muchos de los que salís hoy lleváis toda la semana aquí y sabéis que ayer disfrutamos de la mejor noche de la temporada, hasta ahora, viendo una arora boreal espectacular -sentenció, tan alegre- así que vamos a ver qué nos encontramos en unas horas." ¿Era broma? El azar nos la había jugado totalmente. Difícilmente íbamos a recuperar esa noche perdida por culpa del maltido retraso en el vuelo de ida.

Con una sensación extraña en el estómago después de semejante noticia, llegamos al lugar seleccionado por el guía. Por suerte para nuestros dedos de pies y manos, había una cabaña con una hoguera donde podíamos resguardarnos del frío de vez en cuando. Montamos el trípode y fuimos haciendo probatinas con la cámara dando tiempo a los ojos, acostumbrándonos a la oscuridad. Al cabo de unos minutos miré al cielo descubriendo una imagen que no olvidaré: ¿Había visto alguna vez tantas estrellas? Claro, siempre están ahí, pero la contaminación lumínica impide apreciarlas. Me tranquilizó pensar que, aunque esa noche no viéramos la aurora, el viaje habría valido la pena.

No habían transcurrido más de veinte minutos cuando vislumbramos unas formas moviéndose en el horizonte. Tenía que ser ella. Al principio eran unos reflejos naciendo detrás de las montañas. En poco tiempo, una franja tenue fluía libremente por encima de ellas. Me sorprendió. La veía azul, un tono leve, delicado. Se movía ágilmente, de una forma muy sutil. Si tuviera que elegir un adjetivo, la describiría como etérea. Lo más interesante del caso era que en las fotografías salía de un verde único. Y es que la interpretación del ojo humano suele ser más pobre que la de la propia cámara, especialmente si es de noche, en total oscuridad. Da mucho en qué pensar. Si ya existen diferencias entre cómo diversas personas ven o interpretan los colores, en este caso salíamos ganando pudiendo apreciar también la perspectiva plasmada desde un medio artificial. 




viernes, 2 de febrero de 2018

A la captura de las auroras boreales. Parte II

Expiramos aliviados al aparcar el coche en la puerta del hostal. Más vale tarde que nunca, se suele decir. Entre unas cosas y otras llegábamos con un par de horas de retraso a nuestra primera excursión. El día anterior nos habíamos puesto en contacto con el guía y, para nuestra sorpresa, dijo que nos esperaba. Por lo visto había muy pocas plazas reservadas y no les importaba comenzar la ruta más tarde. ¡Por fin la suerte volvía a sonreirnos! 

Ni cortos ni perezosos, nos ataviamos con la indumentaria de montaña y nos calzamos las raquetas. Durante el recorrido, fuimos adquiriendo una mínima destreza al caminar mientras disfrutábamos del gélido paisaje. Subimos monte arriba escuchando interesantes detalles sobre cómo la fauna y flora autóctonas se las apañan para sobrevivir exitosamente en semejantes condiciones climáticas. Uno de los momentos más especiales fue descubrir un atardecer de tonos, para mi gusto, extraordinarios. El sol se ponía sigilosamente y reflejaba su luz en la luna de una forma tan intensa que parecía emanar de ella. Si existe un planeta con dos soles, imagino a sus habitantes percibiendo una escena de este estilo -pensé-. Los matices azules y amarillentos se fundían hasta desaparecer detrás de la montaña del Camello. Escudriñando la fotografía deducirás el origen de su nombre.




Paso a paso, cuidado donde pisas. Los pies y sus correspondientes raquetas causaban efectos curiosos en el suelo. O al menos para mí, que nunca había paseado por un terreno compuesto por tantos metros de nieve acumulada. Según cómo y dónde pisara, mi pie se hundía medio metro en la masa blanca y tenía que esforzarme por desencajarlo para dar el siguiente paso. Otras veces, tenía la suerte de acertar colocando la raqueta en una placa firme de tres centímetros que se quebraba a mi paso. ¡Qué sensación! Era como arena impoluta de un blanco polar, aunque el tacto con la piel te devolvía a la realidad de un golpe de frío abismal. 

Después de un intenso tramo llegamos al mirador conocido como la puerta a Laponia. Por fin pudimos descansar y reponernos bebiendo un reconfortante zumo caliente de arándano rojo. La preciosa vista de Abisko junto a su inseparable lago acompañaba la estampa. Parecía tan diminuto y delicado, una verdadera postal. El pueblecito se compone de un reducido grupo de casas al más puro estilo nórdico, con su fachada de madera en rojo y su tejado a dos aguas. Luces ténues y bien cálidas iluminando las calles. Un silencio contundente. Una oscuridad teñida de azul marino. Rodeada de hectáreas de bosque, naturaleza, la nada... Lo único que alcanzaba a distinguir eran ladridos de husky en la distancia. Si me quedaba muy quieta creía percibir ecos de viento, la Tierra palpitando. 






lunes, 29 de enero de 2018

A la captura de las auroras boreales. Parte I

Observar las auroras boreales es como soñar despierta, ¿verdad? Esas luces verdes en el horizonte que parecen de otro planeta. Propósito presentado entre los puestos más altos de las inspiradoras listas tituladas "Cosas que hacer antes de morir". 

Si vivo en uno de los pocos países donde este fenómeno se da, tengo que ir a verlas -pensé-. Lo vi claro. Y no paré hasta reservar un par de billetes de ida y vuelta al punto más cercano al Polo Norte de Suecia. Mmmm mejor época...invierno. Cuánto más frío, más probabilidades. Allá vamos. 

Y el fin de semana elegido llegó hace diez días. Teníamos ropa de nieve, capas térmicas, coche alquilado, alojamiento reservado. Nuestros colegas suecos se sorprendían de nuestra osadía al pretender pisar Abisko en la época más fría del año. Las temperaturas pueden descender hasta los cuarenta grados bajo cero. ¿Estaremos cometiendo una turistada? Fuera como fuese, nos plantamos bien puntuales en el aeropuerto con una buena dosis de ilusión y altas expectativas. ¡Menuda aventura!

Poca idea teníamos de lo que nos esperaba cuando empezaron a surgir imprevistos. Vuelo retrasado media hora. Bueno, en realidad no es mucho. El problema era, más bien, llegar a tiempo a la escala. Los minutos fueron subiendo discretamente en la pantalla de embarque hasta que aceptamos que era humanamente imposible coger el segundo vuelo hasta nuestro destino final. Mantengamos la calma, la aerolínia es responsable de reubicarnos en el siguiente vuelo. 

Después de unas cuantas turbulencias en un corto pero intenso viaje, aterrizamos en Estocolmo. El resto de pasajeros habían sido recolocados excepto los viajeros con destino Kiruna (en otras palabras, nosotros). Diríjanse a la ventanilla de servicio de información -nos indicaron-. Lugar en el que, minutos más tarde, confirmaron nuestras sospechas: esa noche dormíamos sin ver las auroras. Por suerte, nos reservaron un buen hotel en el aeropuerto con música agradable y espléndido bufé desayuno. Nos tocaba esperar nada menos que hasta las 11:40 del día siguiente para volar. 

El sábado nos despertamos después de un reconfortante descanso y aterrizamos en Kiruna sin más incidentes. Recogimos nuestro coche de alquiler y nos dispusimos a conducir hasta nuestro anhelado Abisko. ¡Qué paisaje tan especial! La carretera estaba rodeada de metros de nieve. Todo lo que los ojos alcanzaban a distinguir era blanco. Una gruesa e inmutable manta blanca cubría las montañas, las copas de los árboles se esforzaban por asomar entre la densa e imperturbable franja de nieve. Qué pureza. Qué calma. Qué firmeza. Por fin, rodeamos el enorme lago que señala la llegada al pueblecito. La fuerza de la naturaleza convierte cada invierno su superficie en un suelo macizo de hielo. Intuir la profundidad de esas aguas mientras caminas sobre él eriza la piel en cada rincón del cuerpo. Dirigir la vista a tus pies y encontrar hielo recio, profundidad infinita, oscuridad opaca.

¿Conseguiríamos finalmente ese día disfrutar del baile celeste de las auroras?





lunes, 18 de diciembre de 2017

Atención de dolores al modo escandinavo


Por mucha vida sana que te propongas llevar, las aventuras y desventuras del día a día te llevarán a necesitar pedir hora en el médico de cabecera tarde o temprano. Llegado este momento, ¿qué hacer?

Lo cierto es que la sanidad de este país no se diferencia tanto como podía imaginar a la española. Y es que la asistencia sanitaria aquí resulta, en gran medida, gratis: tan sólo se paga una cantidad simbólica cada vez que necesitas consulta. Así, si solicitas visita en la médico de cabecera, se abona lo equivalente a unos diez euros. La primera vez que hice uso de este servicio me resultó tremendamente raro pagar en recepción antes de pasar a la sala de espera. ¡Qué mal acostumbrada estaba a los privilegios de la sanidad totalmente pública y gratuita! 

Por otro lado, si tu médico decide que necesitas la exploración de una especialista, se pagan aproximadamente unos treinta euros. Con ello se incluye desde ginecología hasta dermatología, pasando por traumatología, etc. Ya sabes a qué me refiero. Este tipo de consulta no me ha hecho falta hasta ahora, pero parece una suma razonable desde mi punto de vista. Si, en cambio, lo que necesitas es el apoyo de una dietista o una revisión rutinaria, suelen ser entre cinco y diez euros por considerarse una necesidad de más frecuencia -según tengo entendido-. A lo que me refiero con estas exploraciones rutinarias, por ejemplo, es la toma de muestras preventivas para el cáncer de útero. Aunque no son obligatorias, te citan periódicamente y después de la visita recibes la factura en casa. 

Las discusiones defendiendo o atacando este pago parcial de la sanidad son constantes cuando explico dicho funcionamiento en ambientes no suecos. "¡Muy injusto! -dicen algunos- ¿Qué pasa entonces si tienes una enfermedad crónica, o si simplemente no te lo puedes permitir? ¿Te quedas pues sin atención médica?". Para nada -suelo aclarar- estas opciones también están contempladas. Cuando vas al centro de salud tienes derecho a pedir una tarjetita amarilla (eso sí, enterarse y solicitarla es repsonsabilidad tuya) en la que vas acumulando los registros de las visitas que pagas. Dicha tarjeta tiene validez durante un año y su función es que no tengas que pagar más de cien euros cada doce meses. De este modo, tanto si padeces una enfermedad que te obliga a ir frecuentemente al médico como cualquier otra circunstancia similar, no te hunde en una espiral de gastos interminables. Una situación parecida se da en los núcleos familiares. Bien es sabido que los niños acaban en el centro de salud cada dos por tres durante su periodo de crecimiento, con lo que la tarjeta amarilla en este caso se vuelve válida para en conjunto del hogar y va sumando facturas de los diferentes miembros hasta llegar a la cifra máxima. Así, la economía doméstica no se ve tan comprometida. Teniedo en cuenta, además, la media de sueldos suecos, cien euros anuales en asistencia sanitaria se traducen en la menor de las preocupaciones. 

¿Encuentras alguna ventaja a este sistema? Parece que el hecho de pagar, aunque sea una nimiedad, lleva a los usuarios a valorar más el servicio y solicitarlo cuando realmente se considera necesario. Con ello no insinúo que sea la sanidad perfecta, hasta ahora ninguna que haya conocido me inspira tal categorización. De hecho, actualmente hay carencia de personal sanitario en Suecia y tanto centros de salud como hospitales están bastante saturados. No resulta la situación agónica de otros países, ya que aquí el ratio de enfermero o médico por paciente es de por sí significativamente menor, pero se empiezan a notar las consecuencias.


*En la fotografía ves el centro de atención primaria de mi barrio semicubierto por la nevada de la semana pasada. 


miércoles, 6 de septiembre de 2017

¿Cuánto dura el verano en Suecia?



Tal cuestión me planteaba esta mañana mientras desayunaba viendo la lluvia a través de la ventana. A estas horas, ya puedo afirmar oficialmente que lleva más de diez horas seguidas chaparreando sin descanso. Nubes, niebla, gris en el cielo opaco. Curioso imaginar cómo el sol sigue brillando en algún lugar detrás de esa recia cortina de agua.

Siempre hay quien, al explicarle que te mudas a Suecia por voluntad propia, insiste en repetir: "¡Pero si allí no hay verano, con el frío que hace!". Era y soy consciente, la zona escandinava no es precisamente el Caribe europeo. Aun así, creo que hace falta vivir aquí un buen periodo de tiempo para comprender los matices del clima. 





Lo del frío no me importaba. Después de veintitantos años disfrutando y sufriendo el clima mediterráneo, tenía ganas de perder de vista por una temporada el calor extremo de sus bochornosos veranos. Salir a la calle y que el sol te aturda con su potencia, o directamente no poder estar al aire libre a determinadas horas del día no es lo más envidiable, de modo que los primeros meses nórdicos se desarrollaron sin menor preocupación. Cierto es, además, que el agosto pasado fue relativamente cálido llegando a rozar los veinte grados algún día que otro, haciendo mi primera impresión del verano sueca bastante benévola. 

Las semanas se suceden sin prisa pero sin pausa y llegan de la mano el precoz otoño seguido del blanco invierno. Todo bien, cumpliendo expectativas. Luego esperas con alegría la primavera, que llega a su manera, un tanto peculiar. Ya en marzo empieza a amanecer pronto, ganas minutos de luz cada día y lo notas, te activan. Llega un punto, diría que entre abril y mayo, en que se hace de día a las cuatro de la mañana con una claridad brutal. El cielo te regala todas esas horas de luz que te había negado durante el invierno, lo agradeces. Eso sí, la temperatura no acaba de subir. Flores por doquier, mil tonalidades, todo apunta al renacimiento del ciclo anual... pero calor, lo que se dice calor, no hace.

Sin darte cuenta y de forma sutil llega el verano. Te das cuenta porque se acaba el cole, la gente sale a la calle bien contenta, los parques y lagos se llenan de gente. Sí. Pero calor, lo que se dice calor, todavía no hace. Hay por supuesto días muy agradables, sales sin abrigo, durante las horas centrales del día estás en manga corta un poquito. Ya sabes, sin abusar, apreciando los detalles. Este es el verano sueco. Un verano que casi no he visto llegar, aunque sí marcharse. Como si de un guiño se tratara, el clima nos ofreció el fin de semana pasado un panorama soleado y festivo. "¡Despídete!", susurraban los árboles. Los primeros días de septiembre te dan lo que no has tenido en casi todo el verano y cierran con una semana de diluvio. Diluviando desdel lunes y sin probabilidad de amainar. Todo periodo de sol generoso y temperatura suave viene seguido de otro equivalente de lluvias torrenciales. Y ahora toca convivir con el fresco permanente hasta el año próximo.

Como si de una metáfora de la vida misma se tratara. Esculpiendo el carácter de la cultura sueca estación tras estación. 

domingo, 3 de septiembre de 2017

Las pasiones ocultas de los suecos


Alguna vez que otra os he hablado de costumbres que resultan especialmente populares entre mis conciudadanos suecos, así como de ciertas tendencias y tradiciones bastante comunes en el país. Sabéis, por ejemplo, que disfrutan decorando y redecorando sus hogares por temporadas, de aquí que uno de los más grandes y exitosos imperios en lo que a venta de muebles y accesorios para la casa se refiere sea de procedencia sueca. Vas a comprar cuatro cosas para convertir el salón de tu nuevo piso en un espacio más acogedor y encuentras campañas de todo tipo en las tiendas: "dale a tu casa un toque veraniego", "renueva los textiles de tu salón con una tonalidad rompedora", "viste tu casa al estilo escandinavo". Así que nada, todo el mundo de cabeza a comprar lámparas, velas y demás artilugios para cambiar el aspecto de tu hogar de arriba abajo, no sea que no estén al día de las últimas tendencias.

Otra cosa que parece encantarles es hacer fila. Sí, esperar haciendo cola para cualquier cosa en cualquier lugar. Si venís de vacaciones y os topáis con una de estas, sea en medio de la calle o en un comercio, os recomiendo preguntar a quien sea por qué espera. No sería la primera vez que un sueco se pone en la fila sin tener claro el motivo. Se trata de un fenómeno interesante, como una suerte de lógica implícita a la cual se responde situándose tranquila y sigilosamente en el último lugar de la hilera dispuesta a esperar pacientemente que llegue el turno. El momento. La resolución. ¿De qué?, eso ya se verá. Mira, dirás lo que quieras de la cultura latina, el sudeste asiático y similares, pero aquí se vive con una calma impresionante. Más allá de famas y etiquetas, palabra. Estrés cero. Si algo debe venir, llegará. En lugar de darle vueltas y preguntar, sale más a cuenta entrenar la paciencia y dedicar ese valioso tiempo a otra cosa, mariposa. 




Fila de compradores expectantes en la puerta de una conocida tienda de ropa sueca, por lo visto ya disfrutaban de hacer fila en 1947.

Hasta aquí todo cuadra, más o menos te encaja en los esquemas, vale. Pero fue esta pasada primavera cuando se me reveló la pasión sueca que bauticé como oculta. No me la veía venir. Reconozco que Suecia en un país que profesa un gran aprecio hacia lo musical, véanse bandas como ABBA o la cantidad de música que se produce aquí anualmente. Correcto. Pero fue mítico el experimentar la devoción sueca por Eurovisión y  el tinglado que se monta a su alrededor -por lo visto año tras año-. Reconozco que este concurso siempre me ha dado un poco de repelús, nada serio, pero es verdad. Bueno, pues aquí se presenta como el evento del mes de mayo. A parte del concurso previo nacional que convocan para elegir a quién va a representar a la nación delante de todo el continente (sí, soy consciente, esto es común en más países), la gente se pasa semanas hablando y discutiendo sobre el asunto. Se vuelve el tema de conversación imperdonable de la comida en la oficina, con colegas, vecinos, por todas partes...nadie se salva. La mayoría de mis conocidos se lo toman muy en serio "¡Oye, que nos la jugamos en Europa!". No nos andamos con chiquitas. Como artista, puedes pasar de orgullo nacional a decepción severa en una tarde. 

Así que, ya sabes, prepara tus palomitas y sé puntual en el sofá de casa para no perderte ni un minuto. Y para ir practicando el animar a tu grupo favorito, qué mejor que irte los viernes a uno de los populares karaokes nocturnos de la ciudad. ¡Micrófono, luces, acción! No imaginaba que una cultura que prescinde tanto de hablar disfrutara tanto cantando. Mejor todavía. 

domingo, 25 de junio de 2017

Celebrando Midsommar

Después de algunas semanas de parón, vuelvo con mis aventuras suecas para hablaros de una de las tradiciones más populares del verano nórdico. Reconozco que dicho descanso de escritura internauta ha durado más de lo que me planteé al publicar la última actualización, pero la vida ocurre y pasa a una velocidad que, a veces, se nos escapa de las manos. Como imaginaréis, adaptarse a un nuevo trabajo, en un país diferente, en una recién aprendida lengua...requiere bastante tiempo. De ahora en adelante planeo seguir compartiendo mis historietas aunque, eso sí, con más baja frecuencia :)


Dicho esto, vayamos al grano: ¿qué está pasando esta semana en Suecia? Casi todo el mundo se encuentra disfrutando una fiesta que llevan preparando semanas, conocida como Midsommar. En cierto modo, cabe afirmar que se trata del equivalente a San Juan, celebrado la pasada noche del veintitrés al veinticuatro en muchas zonas del sur de Europa. En el caso sueco, la fecha numérica puede variar con tal de adaptarla al penúltimo viernes del mes de junio, de modo que durante el día y la noche se llevan a cabo las celebraciones y el sábado siguiente se considera festivo de descanso -lo que equivale a ciudad desierta y comercios cerrados-.  

Una gran parte de la población aprovecha este fin de semana para irse a su sommarstuga o cabaña de verano, unas casitas de madera y alegres colores que tienen en el campo. Allí se reúnen con familia y/o amistades para comer recetas veraniegas y muchas, muchas fresas. Durante el día del viernes se monta el midsommastång o majstång, una gran barra o palo de varios metros de altura que se decora con flores, telas de colores e incluso pequeñas banderitas suecas en numerosas ocasiones. Dicha construcción adquiere una forma de cruz latina con dos aros que cuelgan de cada uno de los extremos respectivamente. A su alrededor bailan y cantan los asistentes alegremente como podéis ver en un cortito vídeo clicando en este enlace

Quien se queda en al ciudad tiene la opción de acercarse a uno de los parques más grandes, donde el ayuntamiento o la asociación de jardines organiza la versión urbana del evento. Allí compras una corona de flores para llevarla sobre la cabeza y...¡a disfrutar de los cánticos folclóricos! Del famoso palo os dejo un par de fotografías que tomé ayer paseando por los jardines del centro de Göteborg. Era justo el día posterior a la celebración así que, como observáis, se respira paz y tranquilidad. 

Sobre el significado del festejo, se suele decir que corresponde a un ensalzamiento de la fertilidad. Coincidiendo con el solsticio de verano, se trata de un momento del año en que las flores y cosechas brotan en todo su esplendor, hay abundancia de alimentos y recursos, y hace relativo buen tiempo. El sol brilla y nos ofrece horas de luz desde las cuatro de la madrugada hasta las once de la noche. En este contexto, pues, se celebra desde la antigüedad esta exuberancia otorgada por la naturaleza con alegría y agradecimiento. Por su parte, el majstång o palo de flores vendría a simbolizar un falo, elemento clave en la fertilidad humana, de modo que concordaría con el resto. Parece ser, además, una de las tradiciones más antiguas de la cultura sueca ya registrada en tiempos vikingos, de las pocas que sobrevivió a la ocupación e influencia cristiana pese a ser considerada un ritual pagano. 

Hoy en día, la mayoría de la gente simplemente celebra la llegada del verano, una de las estaciones más agradables del año escandinavo en la que (¡por fin!) se puede hacer vida al aire libre. Comer y beber, tumbarse en la hierba y tomar el sol modula el carácter de las masas, para mejor. Eso sí, la parte de la tradición que nadie me había contado y tuve que descubrir en propia piel fue que suele llover este día casi cada año. Después de una semana calurosa -de dieciocho a veinte grados- y viendo el sol casi a diario -una suerte incomparable-, llega el esperado día y nos cae el diluvio universal. Así que tendré que esperar hasta el verano que viene a ver si consigo cantar sin mojarme demasiado!