lunes, 11 de febrero de 2019

Mi nueva nacionalidad

De dónde venimos. Quiénes somos. Hacia dónde vamos. Demasiadas incógnitas para lo corto de nuestro periplo humano en este planeta. Tiendo a considerarme una ciudadana del mundo, me identifico mucho más con este concepto que con la idea de pertenecer a un lugar concreto. ¿De dónde eres? Pregunta del millón: tan simple para algunas personas, compleja para otras. Soy de muchos sitios y de ninguno. Mi "ser" equivale a un puzle de matices que va encajando a medida que crezco, vivo, envejezco, experimento, aprendo. Se da la circunstancia que he vivido en diferentes lugares y exprimo el privilegio de viajar cuanto puedo. Tengo una lengua materna, otra de adopción, alguna de conveniecia y varias por pasión. Cada una me abre posibilidades de entender e interpretar la realidad, desde su singularidad. Todo ello, sumado y maravillosamente combinado, define de dónde soy.  

Por supuesto, semejantes realidades no suelen verse reflejadas en nuestro pasaporte, ya que por norma general es el país de origen el que lo expide. Hoy en día existe una mobilidad entre países y continentes tremenda, por lo que también hay quien solicita la nacionalidad del estado en el que reside. Resulta curiosa la manera en que este aspecto influye en tu personalidad al establecerte en otro país. Para los ciudadanos de tu "nuevo" país eres extranjera, mientras que para los del anterior perteneces al lugar al que te has mudado. Por no nombrar esa necesidad imperiosa que siente la mayoría de la gente con la que te cruzas de averiguar tu procedencia. 

Dado que en Suecia abunda la cordialidad, es común que te pregunten de qué región eres cuando ya hablas el idioma más o menos fluidamente. A mí no se me habría ocurrido formular dicha consulta a alguien que tiene un claro y rotundo acento extranjero. De hecho, al principio me resultaba verdaderamente cómico. Pero no era broma, simplemente intentaban ser amables en el proceso de satisfacer su curiosidad. 

Para ponerle un poco de diversión al asunto, cuando alguien me pregunta por mi origen yo le animao a tratar de adivinarlo. Al fin y al cabo, mi trabajo se basa en la comunicación oral realizando visitas guiadas y otras actividades en un conocido museo de arte, y es precisamente en este ámbito cuando más frecuentemente se me pregunta. Si me oyen hablar durante más de una hora no puede ser tan difícil de descifrar, pensaba. Pero lo interesante es que, hasta día de hoy, ni un solo visitante ha dado en el clavo. Las propuestas han sido variopintas: noruega, holandesa, rusa...incluso lituana. En una ocasión recibí la siguiente respuesta de una visitante al revelarle que vengo del sur de Europa: "Oh, vaya, no lo parece para nada. Con el acento tan correcto que tienes". No quise iniciar una polémica conversación porque, por suerte o por desgracia, hay mucha razón en su comentario. A las personas que tienen una lengua románica como materna les cuesta horrores sonar suecas. Es una realidad, se suele notar muchísimo. Así que intenté tomármelo como un cumplido. 

Aún así, el fenómeno que más me ha llamado la atención al respecto se ha desarrollado en los últimos tres meses. Durante este tiempo, a una gran parte de mis interlocutores les ha dado por preguntarme si soy polaca. Eso o asumirlo directamente. Me lo pueden llegar a decir tan frecuentemente en un solo día de trabajo que me he planteado empezar a contar las veces. Yo creo que si me hubiesen dado un euro por cada una de ellas, a estas alturas me puedo pagar un buen viaje a explorar mis supuestos orígenes centroeuropeos. La situación se ha puesto tan seria que estoy oficialmente esperando la llegada del certificado de mi nueva nacionalidad al buzón. Es cuestión de días, a estas alturas. Una podría haberse imaginado aspirando a la sueca, pero nunca se sabe las sorpresas que nos depara la vida. 

sábado, 6 de octubre de 2018

El infierno en la Tierra

[Aviso: la temática de este post no corresponde al tópico del blog, pero sentía la necesidad de escribir sobre mi último viaje para digerir lo vivido.]

Anoche me estaba acordando de cuando estuve en Auswitchz-Birkenau. Fue hace poco más de dos semanas y la primera parte que visitas es la zona museizada. Parece que el aire se congele, el sol no calienta en esas salas. En el exterior hacía casi treinta grados, pero el cuerpo se encoge al escuchar a la guía explicar el destino de las personas que pasaron por esas mismas habitaciones hace tan sólo unas décadas. Ver algunas de sus pertenencias amontonadas, cientos de miles de gafas, otras tantas maletas, ropa de bebé, restos de vida cotidiana inerte, resulta estremecedor.

En uno de los barracones que visité habían colgado fotos de cientos de personas que fueron detenidas, vestidas con el icónico uniforme y fotografiadas como criminales. Un paso clave en el proceso de deshumanización, tu nombre es reemplazado por un número y pasas a formar parte del registro. A pie de foto ponía: fecha de detención, fecha de deportación, fecha de muerte. Era muy difícil vivir más de tres o seis meses en un campo de concentración tan extremo, en condiciones inimaginables de calvario, higiene pésima, que finalmente se convirtió en campo de exterminio. Lo médicos militares habían calculado el mínimo de calorías que cada prisionero necesitaba ingerir para seguir trabajando y al mismo tiempo morir lentamente, día tras día. Unas trescientas calorías por jornada en forma de sopa aguada y otras limosnas alimenticias. 

Los gestos de incredulidad. Las miradas de miedo, de no saber qué está pasando. Esas expresiones faciales. Algunas reflejaban la conmoción de haberte sacado de tu casa a la fuerza, acomodada en un barrio bien, cuando apenas habías vuelto del trabajo, y acabar en este infierno. Otras miradas estaban fuera de este mundo, empezaban a comprender que de allí sólo saldrían en forma de ceniza. La resignación de entender que tu vida ha dado tal giro, que te van a maltratar hasta que mueras de agotamiento. 

Y ayer me vino a la mente una chica con la que conecté especialmente. Bastante joven, más que yo, miraba con un gesto profundo e indescriptible que me llegó al alma de inmediato. Su lustrosa piel me daba pistas del tipo de familia del que procedía, probablemete con formación y comodidades. Le habían rapado casi todo el pelo, en parte por evitar piojos, pero sobre todo porque las empresas alemanas lo compraban a buen precio para la fabricación de variedad de productos. Le habían arrancado su identidad casi por completo. Miré con un atisbo de esperanza sus fechas, quizás era de las dos o tres personas en la sala que se salvaron. Pero no. Allí murió asesinada entre familia, vecinos y amigos. Noté por un momento como si hubiésemos sido amigas, al sentir tanta empatía por ella y ponerme en su lugar. Porque podría perfectamente haber sido yo, si llego a nacer en ese atroz momento y lugar. La frescura que respiraba su rostro, su perspicaz mirada, la iban a aniquilar en cuestión de semanas. Ella caminó por los mismos senderos que yo aquel día, cruzando un día tras otro la gran puerta donde leía "Arbeit macht frei", yendo y volviendo del campo de trabajo. 

En ese campo vi cosas que no deberían existir. La crueldad sistematizada y llevada a extremos de manicomio. El terror convertido en industria. 



[Apunte: el ejército nazi no fue el primero en utilizar campos de concentración, pero sí el que sistematizó la industria de la muerte hasta niveles no vistos anteriormente en sus campos de exterminio, como por ejemplo con las cámaras de gas y crematorios donde asesinarion decenas de miles de personas inocentes. Lo llamaban la Solución Final. Hoy en día todavía existen campos de concentración, también conocidos como de trabajo forzado, donde muchas personas viven en condiciones inhumanas. Creo que es de vital importancia aprender de la historia para construir un mejor futuro y no cometer los mismos errores.]

jueves, 31 de mayo de 2018

Si la guerra llega a Suecia

Ayer llegaba a acasa del trabajo y revisé el buzón como de costumbre. Arrinconado, muy al fondo, encuentré un librito con portada en tonos anaranjados y rojizos. El título sentenciaba "Si la crisis o la guerra llegan a Suecia". 

-Si se trata de un folleto publicitario, qué mal gusto-, pensé. Lo hojeé mientras subía en el ascensor hasta el último piso. A las pocas líneas me me di cuenta de que era un cuadernillo emitido por el gobierno. Todo muy oficial. ¿Me habría perdido algo? Un escalofrío me recorrió el cuerpo. 

Una vez en casa y mientras picaba algo, lo examiné con curiosidad. Resultó ser una guía con todo lujo de detalles de cómo actuar en caso de que se declare la guerra, de qué forma prepararse para vivir en condiciones extremas y qué alarmas sonarían en las ciudades en caso de bombardeo. Con lo tranquilas que son estas tierras, se volvía extraño imaginar una estampa de semejante calibre. Hace apenas una semana las compañeras de la oficina me contaban con total naturalidad que no echan el cerrojo cuando están en casa. -¿Quién iba a entrar? No pasa nada!-, repetían con tono de obviedad. Me llama la atención que, siendo tal la realidad cotidiana de muchas personas, el gobierno considere oportuno enviar a todos los hogares suecos dicho manual de supervivencia en caso de conflicto bélico.

Me entretuve leyendo las diferetes secciones y, ciertamente, no tenía desperdicio. Por lo visto hay unas llamadas "habitaciones de protección" repartidas por todo el país a las que acudir en caso de bombardeo o desastre natural. "Busca la más cercana a tu casa y a tu lugar de trabajo", recomendaban. Una sección dedicada a cómo proceder si se da un ataque terrorista. Quizás (y por desgracia) más probable. Otra sobre deberes civiles si estalla la guerra. Toda persona residente entre 16 y 70 años está obligada a prestar el servicio que las fuerzas armadas soliciten. La cita que me dejó más huella fue la siguiente "Si Suecia es atacada por otro país, nunca nos rendiremos. Cualquier notificación del cese de la resistencia es falsa". Patriotismo hasta el fin, vaya. A los pocos minutos de lectura se me quedó mal cuerpo. Desde luego, si se pusiera tan oscuro el asunto aquí, no querría imaginar el resto de Europa. 

Para finalizar con el curso exprés revisé la lista que adjuntan de comida y otras mercancías que se recomienda tener en cada vivienda por si, ya sabes, de golpe y porrazo estallara una enorme discordia. La tercera guerra mundial, por lo menos. Agua embotellada, linterna, baterías, cocina de gas y similares, bastante razonable. Eso sí, lo que me fascinó fueron los consejos culinarios. Leche de avena, patatas, hortalizas, legumbres, mermelada...hummus en lata. Sí, sí, hummus! Las veganas lo llevamos de fábula, entonces. Visto así, en mi casa nos salvamos hasta de una invasión zombi.  


viernes, 11 de mayo de 2018

Tren nocturno hacia el círculo polar ártico

Este mes de abril he inaugurado la temporada de viajes de trabajo. Unos más accesibles que otros, destinos cercanos, por lo general, a los que se puede llegar en tren o coche. La semana pasada me tocaba estrenar ciudad sueca. ¡No me quejo! En mi tiempo libre aprovecho para explorar zonas desconocidas y poder disfrutar de ello por motivos laborales no tiene precio.

Esperaba con curiosidad conocer Umeå, tan al norte, tan lejana. Además, esta vez íbamos a coger el famoso tren nocturno. Cosa que se agradece teniendo en cuenta las trece horas de viaje que se tarda en llegar. Casi nada. Había oído hablar de este tren alguna vez: recorre el país de un extremo al otro. De norte a sur. Su alargada figura crea inevitablemente una distancia generosa entre el inhóspito norte y el amable sur. 

Me acercaba a la estación alegre, disfrutando de los primeros días de "calor" de este año. Por lo visto a la ida teníamos reservado un compartimento privado para tres personas, de los caros. Al subir a mi vagón y verlo, no me cuadraba expectativa respecto a realidad. ¿Es este? No puede ser, me habré equivocado de número. Mientras comprobaba el billete, llegaron mis compañeras. ¡Ya estás aquí! (Por lo visto era ese, sí). 

Desde luego, frío no vamos a pasar. Tren del círculo polar ártico, lo llaman. ¿Por eso diseñan compartimentos tan milimétricos? Quizás tú has viajado mucho -o más que yo- en trenes nocturnos y te parece lo más natural del mundo. Pero yo me quedé un poco a cuadros. Mucho ruido y pocas nueces, tú. Demasiado espacio no había, así que pasé la primera parte del viaje en el vagón restaurante y el resto echada en la cama. Aquello se zarandeaba más que un avión...así que dormir, más o menos, pero descansar, poco. A las siete de la mañana parábamos en nuestro destino y allí nos quedamos. ¡Qué contraste! Ahora que en Göteborg ya empazábamos a rozar los quince grados -al fin y al cabo era mayo- nos da por subir al norte y volver a la sensación pura de invierno. Nieve todavía en algunos rincones, no te digo más. La verdad es que no me pareció la ciudad sueca más acogedora. Eso sí, presume de una iglesia bien hermosa y habitantes sonrientes. Arquitectónicamente, ningún descubrimiento, aunque no por ello deja de alegrarme el haberla visitado. Desde la habitación del hotel disfrutamos de una vista privilegiada, daba la sensación de que casi ningún edificio superaba los tres pisos. Al alojarnos en un octavo, la pamorámica resultaba espectacular. Un anochecer de tonos deliciosamente azules. El cielo no se oscureció del todo prácticamente en toda la noche, queda una ténue luz residual que ilumina incesante. Hasta que sale el sol otra vez. Es lo que tienen semejantes latitudes durante la primavera y el verano. 

La vuelta a casa fue todavía más entretenida dado que nos correspondía un vagón de seis plazas, que son algo más económicos. Si el compartimento que teníamos a la ida se conoce como "de dormir", el nombre de este otro se traduce como "plaza para estar tumbado". Me temía lo peor. Pero ciertamente, la diferencia no fue tan abismal. Cómico el momento de montar las camas durante el cual todo el mundo tiene que salir del compartimento para poder realizar la maniobra. Por lo demás, trece horas de traqueteo de vuelta y en casita. A disfrutar la primavera sueca.


viernes, 23 de febrero de 2018

Sobre la vida y la muerte

En la zona de jardines de mi urbanización hay un pequeño cementerio que me había llamado la atención desde que me mudé a esta zona. Entre unas cosas y otras todavía no había entrado y ayer, llegado a casa pronto, se me antojó explorarlo. 

Mucha gente me pregunta por qué me gustan tanto los cementerios. ¿Por qué no? -les respondo- ¿cuál es el tabú al respecto? Estos recintos reflejan en buena medida la cultura que los ampara. Del mismo modo que disfruto visitando yacimientos arqueológicos, castillos, simples calles o museos cuando viajo, intento incluir alguno de estos mágicos espacios. Cómo concebimos y afrontamos la muerte dice mucho de nosotros. 

El sol ya se escondía en el horizonte cuando me dirigí hacia la entrada del diminuto cementerio. Lleva semanas nevando y el paisaje blanco era de lo más relajante. Antes de cruzar la verja me percaté de un cartelito que reposaba a su lateral derecho. No entendí por completo el texto, estaba en sueco antiguo, pero intuí que se trataba de una especie de poema dedicado al descanso de los difuntos. Atravesada la reja, me esperaba un camino cubierto de nieve inmaculada. Claro, las calles de habitual tránsito se vacían cada mañana, pero los parques y jardines permanecen congelados en el tiempo hasta que la nieve se derrite.

Avanzar por el sendero me resultaba mágico. Tan solo una persona había pasado por allí esta semana: los restos de sus huellas la delataban. Había dado un corto paseo hasta la tumba más cercana, se había detenido un tiempo imposible de definir y había vuelto rehaciendo sus propios pasos. Aparentemente un perrito acompañaba en el recorrido. No se había desviado de la ruta ni un centímetro. ¿Coincidencia o ritualismo? 

Dichas pisadas compartían protagonismo con las de un par de pájaros y una liebre. Por lo demás, estaban únicamente mis pies hundiéndose casi un palmo en la nieve, paso tras paso. Me sentía intrusa. Me aproximé a las tumbas, no conté más de diez. ¡Qué espacio tan privilegiado! La curiosidad de saber quiénes reposaban en este exclusivo camposanto me llevó a escudriñar las inscripciones de las lápidas. Los nombres estaban bastante deteriorados pero todavía era posible leer las fechas en que vivieron sus inquilinos. Nada menos que a mediados de 1700. Fascinante. ¿Cómo habían sobrevivido trescientos años a las inclemencias del tiempo y los numerosos cambios urbanísticos de la zona? Si tenemos en cuenta que la ciudad fue fundada apenas cien años antes de que las tumbas se instalaran, la cosa se pone aún más interesante. Estamos hablando de las primeras generaciones que vivieron en Göteborg. Por supuesto las zonas y municipios cercanos estaban poblados desde tiempos mucho más antiguos, pero la fundación de la ciudad que hoy conocemos en esta ubicación data del 1621. 

El ambiente se volvió más místico si cabe, habiendo leído estos detalles. Del resto de los escritos, entre la erosión y lo críptico del lenguaje, no pudé averiguar mucho más. Cada tumba parecía albergar un matrimonio, alguna pareja compartía también espacio con una hija fallecida prematuramente. Algo, imagino, relativamente común en la época. Me hubiese encantado saber cómo fueron sus vidas, por qué sólo ellos se enterraban allí, cuál fue su oficio. Viajar en el tiempo, detenerlo, conocer su realidad. Me quedé unos minutos reflexionando sobre la paradoja del momento. ¿Qué hubiesen prensado al ver una joven varios siglos más tarde despertando su memoria, menteniéndola viva de algún modo? Será quizás esta, nuestra humilde manera de eludir la muerte y el olvido eterno. 

Y es que siempre hay algo nuevo qué descubrir, a veces incluso en tu propio jardín. 




miércoles, 7 de febrero de 2018

A la captura de las auroras boreales. Parte III

Una vez de vuelta en el pueblo y con los pies algo congelados nos dirigimos a la recepción del hostal en busca de la llave de nuestros humildes aposentos. "En la habitación no hay cerrojo -nos respondió sonriente el muchacho- ¡esto es Abisko!" Su razonamiento no me convenció demasiado pero, por lo visto, no había mucho que hacer al respecto, de modo que allí dejamos las mochilas y descansamos un rato.

Cena rápida en la cocina común y en seguida llegó el momento de la excursión más esperada. El tour comenzaba en el otro "extremo" de la aldea y saldríamos en grupo hacia el pie del lago para fotografiar y disfrutar las auroras desde un punto clave. Con la previsión que me caracteriza, había reservado un mono y unas botas especiales para dichas condiciones atmosféricas. Llevábamos capas incontables y lucíamos un aspecto bien peculiar. 

Minutos antes de salir rumbo a nuestro campo base, el guía nos dio las instrucciones oportunas y nos informó sobre las probabilidades de visibilidad de la velada. "Muchos de los que salís hoy lleváis toda la semana aquí y sabéis que ayer disfrutamos de la mejor noche de la temporada, hasta ahora, viendo una arora boreal espectacular -sentenció, tan alegre- así que vamos a ver qué nos encontramos en unas horas." ¿Era broma? El azar nos la había jugado totalmente. Difícilmente íbamos a recuperar esa noche perdida por culpa del maltido retraso en el vuelo de ida.

Con una sensación extraña en el estómago después de semejante noticia, llegamos al lugar seleccionado por el guía. Por suerte para nuestros dedos de pies y manos, había una cabaña con una hoguera donde podíamos resguardarnos del frío de vez en cuando. Montamos el trípode y fuimos haciendo probatinas con la cámara dando tiempo a los ojos, acostumbrándonos a la oscuridad. Al cabo de unos minutos miré al cielo descubriendo una imagen que no olvidaré: ¿Había visto alguna vez tantas estrellas? Claro, siempre están ahí, pero la contaminación lumínica impide apreciarlas. Me tranquilizó pensar que, aunque esa noche no viéramos la aurora, el viaje habría valido la pena.

No habían transcurrido más de veinte minutos cuando vislumbramos unas formas moviéndose en el horizonte. Tenía que ser ella. Al principio eran unos reflejos naciendo detrás de las montañas. En poco tiempo, una franja tenue fluía libremente por encima de ellas. Me sorprendió. La veía azul, un tono leve, delicado. Se movía ágilmente, de una forma muy sutil. Si tuviera que elegir un adjetivo, la describiría como etérea. Lo más interesante del caso era que en las fotografías salía de un verde único. Y es que la interpretación del ojo humano suele ser más pobre que la de la propia cámara, especialmente si es de noche, en total oscuridad. Da mucho en qué pensar. Si ya existen diferencias entre cómo diversas personas ven o interpretan los colores, en este caso salíamos ganando pudiendo apreciar también la perspectiva plasmada desde un medio artificial. 




viernes, 2 de febrero de 2018

A la captura de las auroras boreales. Parte II

Expiramos aliviados al aparcar el coche en la puerta del hostal. Más vale tarde que nunca, se suele decir. Entre unas cosas y otras llegábamos con un par de horas de retraso a nuestra primera excursión. El día anterior nos habíamos puesto en contacto con el guía y, para nuestra sorpresa, dijo que nos esperaba. Por lo visto había muy pocas plazas reservadas y no les importaba comenzar la ruta más tarde. ¡Por fin la suerte volvía a sonreirnos! 

Ni cortos ni perezosos, nos ataviamos con la indumentaria de montaña y nos calzamos las raquetas. Durante el recorrido, fuimos adquiriendo una mínima destreza al caminar mientras disfrutábamos del gélido paisaje. Subimos monte arriba escuchando interesantes detalles sobre cómo la fauna y flora autóctonas se las apañan para sobrevivir exitosamente en semejantes condiciones climáticas. Uno de los momentos más especiales fue descubrir un atardecer de tonos, para mi gusto, extraordinarios. El sol se ponía sigilosamente y reflejaba su luz en la luna de una forma tan intensa que parecía emanar de ella. Si existe un planeta con dos soles, imagino a sus habitantes percibiendo una escena de este estilo -pensé-. Los matices azules y amarillentos se fundían hasta desaparecer detrás de la montaña del Camello. Escudriñando la fotografía deducirás el origen de su nombre.




Paso a paso, cuidado donde pisas. Los pies y sus correspondientes raquetas causaban efectos curiosos en el suelo. O al menos para mí, que nunca había paseado por un terreno compuesto por tantos metros de nieve acumulada. Según cómo y dónde pisara, mi pie se hundía medio metro en la masa blanca y tenía que esforzarme por desencajarlo para dar el siguiente paso. Otras veces, tenía la suerte de acertar colocando la raqueta en una placa firme de tres centímetros que se quebraba a mi paso. ¡Qué sensación! Era como arena impoluta de un blanco polar, aunque el tacto con la piel te devolvía a la realidad de un golpe de frío abismal. 

Después de un intenso tramo llegamos al mirador conocido como la puerta a Laponia. Por fin pudimos descansar y reponernos bebiendo un reconfortante zumo caliente de arándano rojo. La preciosa vista de Abisko junto a su inseparable lago acompañaba la estampa. Parecía tan diminuto y delicado, una verdadera postal. El pueblecito se compone de un reducido grupo de casas al más puro estilo nórdico, con su fachada de madera en rojo y su tejado a dos aguas. Luces ténues y bien cálidas iluminando las calles. Un silencio contundente. Una oscuridad teñida de azul marino. Rodeada de hectáreas de bosque, naturaleza, la nada... Lo único que alcanzaba a distinguir eran ladridos de husky en la distancia. Si me quedaba muy quieta creía percibir ecos de viento, la Tierra palpitando.