jueves, 23 de febrero de 2017

El templo de la discusión

En todos y cada uno de los pisos en los que he vivido hasta ahora, he dispuesto de lavadora como un electrodoméstico más. Se entiende como un elemento básico y al entrar a una nueva vivienda esperas encontrarla, del mismo modo que hay baño o mesa para comer, entre otros. Un detalle más que das por sentado hasta que alquilas un piso fuera de la península ibérica y caes en la cuenta de que allí no es algo tan obvio. 

Como probablemente intuiréis, Suecia es uno de esto casos. Aquí el hábito más extendido es el de bajar a la lavandería para hacer la colada y, debido a ello, hay quien la considera una especie de sala de estar común donde se congregan periódicamente los vecinos del barrio. En este espacio pasas un buen rato esperando que dichos aparatos hagan su función, de manera que da lugar a conversaciones, encuentros y discusiones de todo tipo. Yo, la verdad, no me siento identificada con esta versión, aunque bien es cierto que mi circunstancia es algo diferente. 

Cuando hace algunos meses entramos a vivir al piso actual, la casera nos informó alegre y orgullosa de que acababan de instalar una lavandería privada en el edificio de lo más moderna. "Bueno, más cómodo, así no hay que salir a la calle", pensé, sin entender del todo por qué la buena mujer le daba tanta importancia al asunto. Una vez bajamos a ver dichas instalaciones, comprendimos su satisfacción: era una lavandería de lo más postureta, oiga. Había una sala para diferentes tipos de lavado, habitaciones de secado, aparatos de planchar especializados cuya existencia desconocía por completo -y que, por cierto, todavía no he usado-. En otras palabras, el paraíso de los amantes del suavizante. Al estar en el propio edificio, desaparece la necesidad de quedarse a esperar, simplemente lo pones en marcha y subes de vuelta a casa a hacer tus cosas, de forma que el contacto con los vecinos se reduce a un hola y adiós, poco más. 

Aun así, el otro día leí un artículo de opinión sobre estas estancias en el que sí me vi reflejada. El sujeto comentaba que identificaba el tvättstuga (así se llama en sueco) con un templo sagrado donde se deben seguir las normas a la perfección. El uso de la lavandería equivaldría, según su experiencia, a una serie de rituales que cumples de manera ceremoniosa con tal de preservar el orden entre los usuarios y respetar los turnos de cada uno. Daba especial importancia a ser puntual con la hora que reservas y, de hecho, como tardes más de cinco minutos a bajar y meter tu colada a la lavadora pierdes el derecho instantáneamente. Otro vecino podría bajar y usarla en tu lugar. Reconozco que esta parte la comparto íntegramente, ya que en caso contrario sería un caos. Por otro lado, sacaba a relucir la cuestión de dejar todo bien limpio y en perfecto estado después de usar las instalaciones. Si un vecino encuentra la sala hecha un desastre y ve en el horario que tú eras la última persona que lo ha usado, recibirás multitud de notas amenazantes y amargas quejas en las zonas comunes. Además, saca un tema especialmente irritante y es olvidarse la colada dentro de la lavadora impidiendo que el siguiente turno pueda usarla. Si es un sueco el que se encuentra tus cosas, por lo general no le apetecerá manipular tu ropa interior y se enfadará enormemente enzarzado en su contradicción interna: encontrar una solución que evite por todos los medios enfrentarse directamente a la persona culpable. El autor insistía en lo desagradable que le resultaría, como persona sueca, llamar al timbre del vecino para discutir cara a cara sobre el problema. Cualquier cosa menos eso.

En este sentido sí que vi un gran paralelo con la forma de afrontar conflictos en ambientes sociales mayoritariamente suecos, generalmente hablando, por supuesto. Habrá excepciones como en todas partes, pero sobre la mesa queda el testimonio del personaje citado. Si se puede acudir a un intermediario, dejar una nota en el rellano o evitar la confrontación, mejor que mejor. Es como cuando un vecino hace ruido o se salta alguna norma, en lugar de ponerse en contacto con dicha persona, se llama al gestor de la comunidad de vecinos y que éste le mande una carta o hable por su cuenta con el causante del desorden. 

Para acabar os cuento que hace algunas semanas me vi involucrada en un incumplimiento de normas del tvättstuga. Me dirigía a tender la colada en la sala de secado a primera hora de la mañana, cuando abro la puerta y veo que alguien ha olvidado su ropa. Compruebo la tabla de reservas y...llevaba más de doce horas infelizmente abandonada y rígida. ¿De verdad el vecino no echa de menos su ropa durante tantas horas? ¿Será alguno de los jubilados que se quedó ayer traspuesto y no recuerda haber lavado nada? ¿Quizás uno de los más jóvenes del edificio que se fue de fiesta parda y aún no ha vuelto? Infinitas posibilidades y una rápida solución: dejar su ropa en una cesta y lógicamente colgar la mía en su sitio. Supongo que así le ahorro el momento conflicto dramático. ¿Será posible? Sea quien fuera, menudo sinvergüenza malhechor.





*En la foto veis la tabla con horarios donde cada vecino reserva colocando el código de su piso.


jueves, 16 de febrero de 2017

The Swedish theory of love

Hacía meses que tenía pendiente ver este polémico documental que causó tanto revuelo cuando fue estrenado y sigue dando pie a interminables discusiones a día de hoy entre los espectadores. Salió a la luz hace poco más de un año y llamó mi atención al ver que indaga en uno de los estereotipos más conocidos y probablemente criticados de la sociedad sueca: el individualismo. Aunque la tendencia hacia un estilo de vida cada vez más autónomo parece manifestarse como general en todo el mundo occidental, se suele insistir en que dicho aspecto se da de forma más pronunciada en ciertos países nórdicos, así que el documental se dedica a analizar los supuestos efectos que este modelo social acarrea hoy en día.

Durante los años setenta del siglo pasado, los teóricos y políticos suecos unieron sus esfuerzos para llevar a cabo un proyecto llamado "La familia en el futuro", según el cual implementaron una serie de mejoras sociales con tal de fomentar la independencia de los ciudadanos. Estos cambios tenían entre sus objetivos liberar a la persona de los anclajes de la familia tradicional, de modo que pudieran elegir libremente cómo organizar sus estructuras familiares y decidir con quién desean convivir. Suecia se volvió rápidamente pionera en el panorama europeo favoreciendo un contexto donde las mujeres pueden decidir ser madres solteras, las parejas tienen hijos y forman un núcleo familiar sin necesidad de casarse, así como también se trabaja en reducir la dependencia económica entre los miembros de la familia, por ejemplo. Así pues, la idea de base que cimienta este modelo es que todo ciudadano tenga similar oportunidad de desarrollarse personal y profesionalmente en la sociedad, estableciendo lazos afectivos basados en el amor y el libre albedrío.

Desde este momento hasta la actualidad, dicho modelo social se ha ido asentando y ha dado sus frutos. Lo sorprendente desde mi perspectiva es que el reportaje parece centrarse en las consecuencias negativas, mientras que olvida en cierto modo los resultados positivos de ello, transmitiendo un mensaje de aire desesperanzador. Por un lado, debo decir que el reportaje se basa totalmente en datos reales y en hechos, aspecto a valorar. Pone sobre la mesa problemáticas sociales como la cantidad de personas que mueren en la soledad de sus hogares, en algunos casos sin que nadie se dé cuenta y lleguen a pasar dos años hasta que los vecinos dan la alerta a causa del olor insoportable a putrefacción. También saca a la luz el índice de suicidios y la dificultad para encontrar a familiares del difunto que puedan responder en su nombre para hacerse cargo de sus propiedades y dinero. Además, investiga temas como el aumento de personas que eligen tener descendencia por medio de la inseminación artificial, ahorrándose el contacto físico con otros individuos. 

Por supuesto se trata de problemas serios y notablemente graves, y sinceramente creo que es necesario invertir recursos y empeño en establecer soluciones cuando antes. Pero...¿dónde queda nombrar las ventajas que ofrece esta sociedad? ¿Dónde queda reconocer el nivel de emancipación de los jóvenes suecos, que no están obligados a vivir en casa de sus padres hasta los treinta ni depender de su dinero para financiarse los estudios? ¿Dónde queda reconocer que el mayor número de madres solteras está relacionado con su independencia laboral y económica para sustentar una familia? Echo en falta reconocer el otro lado de la balanza, examinando temas como la atención que brinda el estado a las personas de avanzada edad que tienen una movilidad reducida o cualquier otro tipo de dificultad, por ejemplo. O como no hay necesidad de involucrar a nadie ni hacer malabares imposibles para atender a tu hijo pequeño cuando se pone enfermo: te quedas en casa ese día y no hay problema alguno en la oficina. 

Por otro lado, la interpretación que se ofrece del éxito que tienen las empresas dedicadas a la inseminación artificial suena un tanto parcial y pobre. ¿Tener hijos por tu cuenta para no tener la obligación de soportar a una pareja? No niego que esta motivación sea válida para algunas personas, pero resulta frívolo generalizar y falta considerar a muchos otros usuarios. Si alguien desea tener descendencia pero no cuenta con una pareja estable, ¿por qué anclarse a esta idea y depender de esta espera cuando se dispone de medios económicos y afectivos suficientes? También usan la inseminación parejas del mismo sexo, por ejemplo, o bien heterosexuales con dificultades para concebir, junto con un sinfín de casos. Todos y cada uno de ellos con el mismo nivel de legitimidad. 

Nada es blanco o negro en esta vida, tenemos una amplia gama de colores entre uno y otro. No existe un sistema u organización social perfectos, sin embargo lo que posiblemente nos acerque a construirlo sea ser realista con las carencias y dedicarse a sanarlas por un lado, mientras que por otro reconocemos e impulsamos las virtudes. 




En cualquier caso, encuentro el documental interesante y os recomiendo dedicarle un rato a ver que impresión os despierta. Es inglés y sueco pero seguro que lo encontráis con subtítulos. Aquí tenéis la portada en una versión en castellano.


jueves, 9 de febrero de 2017

Cruzando el puente Øresund

Una de las ventajas de vivir en el sudoeste de Suecia es lo bien comunicada que está la zona con algunos países vecinos, por lo que se convierte un pecado casi capital desaprovechar la oportunidad de visitarlos. Desde mi ciudad, Göteborg, hasta Copenhagen hay unas cuatro horas en tren o bus, de modo que el fin de semana pasado nos decidimos a explorar la metrópolis danesa.

Durante los días que pasamos en esta ciudad tuve una sensación inesperada: fue como volver a Europa. Y es que hasta este momento no había notado como me he ido acostumbrando al estilo sueco, en cuanto a estética y entorno urbano se refiere. Supongo que al verlo todos los días, mis ojos lo han ido integrando paulatinamente, de forma inconsciente. Lo definiría como uniforme, sutil, moderado, lineal, ordenado. Cierto es que en el centro de las ciudades hay edificios con un toque especial o relativa antigüedad, pero predomina una homogeneidad que se acentúa en los barrios residenciales, donde las construcciones parecen seguir un patrón con escasas variaciones. 

Fue curiosa, pues, la sensación de sorpresa al pisar suelo danés y percibir esa variedad de colores, texturas, materiales, fachadas... Ese paisaje urbano fruto de los vaivenes históricos, de cómo a lo largo de diferentes épocas y su gusto artístico se han ido añadiendo piezas del puzzle que hoy en día forman la ciudad. Lo que me atrae de dicha heterogeneidad es cómo cada rincón o calle nos habla de su pasado a través del lenguaje visual. Esta atmósfera, a mi parecer, resulta similar a la estructura de muchas otras localidades europeas, sean capitales o poblaciones más pequeñas. Por ello y aún siendo ambos considerados países escandinavos, Dinamarca me inspiró un ambiente mucho más continental.

Otros rasgos diferenciadores que se manifiestan paseando por sus calles son el bullicio y la cantidad de gente que hay en todas partes. Muchas bicis, como no podía ser de otra manera, y personas bebiendo alcohol en el metro o tren como si nada -esto aquí es bastante distinto, el tema merece un post enterito en otra ocasión-. Precisamente íbamos en el tren urbano hacia nuestro siguiente destino cuando reparé en un detalle: la orientación de los asientos. Una cosa que me había llamado la atención al usar el tranvía sueco fue como varios de los asientos están dispuestos de forma escalonada para ahorrarte en la medida de lo posible el contacto con el usuario vecino. No es siempre así en los tranvías nuevos, pero sigue predominando la organización de asientos con pequeña separación individual agrupados de dos en dos. El contraste con el modelo danés se basa en que los vagones están repartidos en una especie de banco acolchado sin separación alguna entre las personas sentadas y cada banco se orienta en frente de otro, es decir, cara a cara. ¿Se trata de un rasgo de diseño banal o más bien un síntoma de las convenciones sociales de cada cultura? Da qué pensar. En cualquier caso, los bancos tipo sofá daban un toque de lo más acogedor y cómodo. 




Con esta foto que tomé os podéis hacer una idea de lo que describo sobre el tren urbano de Copenhagen. También se advierte el espacio que hay cada dos vagones o así dedicado a aparcar las bicis.



jueves, 2 de febrero de 2017

Residencial paraíso

Parece ser que en el sur de Europa abunda la percepción de Escandinavia como el paradigma de esas sociedades racionales y ejemplares donde todo funciona, prosperidad y estabilidad imperan, hay trabajo y se valora el progreso, junto con un largo etcétera. Bueno, en numerosas ocasiones se cumple, no nos vamos a engañar. Así que cada año una notable cantidad de personas decide probar suerte y mudarse a algún país norteño. Al fin y al cabo...¿esto es Jauja, no? 

El hecho de llegar a un país con expectativas tan sumamente altas suele conllevar el equivalente riesgo de batacazo que, en el caso de Suecia, se da cuando te pones a buscar piso. La perfección no existe, ni siquiera en formato nórdico. Y es que encontrar un piso de alquiler en una zona razonable, por un precio adecuado y sin ser sueco se presenta como misión casi imposible. Ya ni te cuento si te pones manos a la obra con poco tiempo de antelación. 

¿Cómo es esto posible? Me explico. El sistema actual que rige la normativa de vivienda tiene su fundamento en la gran reforma llevada a cabo en el país hace algunas décadas con el objetivo de construir las bases de una sociedad del bienestar. En muchos aspectos es de admirar el resultado, como en la estabilidad laboral, el acceso a la educación u otros temas. En cuanto a vivienda, predominó el derecho de toda persona a tener un hogar, hasta aquí todo muy justo. La cuestión es que se puso en marcha estableciendo unas listas públicas para acceder al alquiler en las que te apuntas cuando un piso te interesa. Estas listas tienen un tiempo de espera que actualmente puede variar entre cuatro a siete años en las ciudades más grandes, es decir, Stockholm y Göteborg. Esto se debe a que por cada piso que se ofrece puede haber fácilmente decenas o hasta centenares de personas que se sitúan por encima de ti en dicha lista por tener más puntos.

Por otro lado, tienes dos opciones de contrato posibles: de primera o segunda mano. Si llegas a uno de primera mano, enhorabuena, de ahí nadie te puede mover. Incluso tienes derecho a cambiar tu piso por el de otra persona de contrato equivalente. El de segunda mano, en cambio, tiene fecha de caducidad y al finalizar vuelves a entrar en el círculo sin fin de las listas. El problema con estos contratos limitados es que no suelen durar más de seis meses, como máximo un año en los casos menos frecuentes.

En el centro de esta captura de pantalla podéis leer "cantidad de personas que buscan vivienda 53623" y debajo "cantidad de viviendas libres 326". Se trata de la web de alquiler de vivienda Samtrygg. Para ver más estadísticas en barrios concretos de cada ciudad podéis visitar Boplats.

Vista la situación, si acabas de aterrizar y dispones de poco tiempo, o bien aceptas un cuchitril lejos de la ciudad, o bien compras. Por lo que he ido viendo, la gente que se lo puede permitir acaba hipotecándose con un piso aunque haga escaso tiempo que vive aquí, dado que mudarte cada cuatro meses agota considerablemente. Por supuesto, hay algunas excepciones, como tener contactos y que alguien te alquile directamente su piso antes de publicarlo en la lista, una suerte insólita pero posible. También se da la circunstancia de algunas empresas que contratan a personas extranjeras y les echan un cable a la hora de encontrar piso, según me explicó una conocida que trabaja para la marca de automóviles más grande de Suecia.  

Pero no desesperes, siempre queda la opción de instalarse en el campo o cualquier diminuto pueblo del norte donde hay casas para elegir a precios irrisorios. Eso sí, en tal caso prepárate bien para ver nevar hasta en agosto y vivir seis meses al año de noche.